Mira, hace viento

Dice Miguel Schiavo parafraseando a Hellinger que este no se aferra a una idea que le impida relacionarse con el otro, que Bert no duda en desprenderse de una idea que le impida empatizar con otra persona. Y, ¿cómo se hace esto?

Esta noche tuve un sueño, en él, un colega, un médico, aconsejaba a su hija una intervención quirúrgica preventiva, que a mí, en el sueño, me agarraba en las tripas. Cómo puede este hombre decirle esto a su propia hija? ¿Qué no le dirá entonces, a sus pacientes? Fue entonces, en el sueño, que me vino esta frase de Miguel hablando de Bert. Y me pregunté, ¿qué idea propia impide que yo pueda empatizar con este colega? De una manera lógica para él, pero incomprensible para mí, él actúa por lo que considera el bien de los otros.

Y me llegó la siguiente pregunta: ¿dónde mira su amor?

¡Ah! Me recorrió una sensación de paz y asentimiento por todo el cuerpo. Mirando donde él mira, sí empatizo con él. Ahora no hay oposición alguna. Mi cuerpo se relaja y me puedo sentir cerca de este hombre. Él con este acto miraba a papá. Y, ¿para qué voy yo a oponerme a que un hijo mire a su padre? Lo que me queda ahí es felicitarlo por ese amor tan grande.

El arte de las Constelaciones Familiares es el del encuentro, la relación con la otra persona, el tiempo que dura, ambos aprendemos algo y luego nos despedimos.

En ese encuentro voy con todo. Todo, es la suma de lo que sido, de lo que no he sido, de lo que seré, también del dejar de ser yo, en la muerte. Así nos presentamos facilitador y cliente. Y esto elevado a la suma de los que nos precedieron. Y ahí en ese encuentro, todo está bien tal como está, porque está todo.

Y es entonces desde esa aceptación, si se requiere, sólo si se requiere, que es posible señalar que ese amor tan grande a papá es un amor ciego. Señalarlo como se señala el viento que sopla en la cara. Un mismo viento que unos usan para hacer deporte, otros para taparse la garganta, otros para secar la ropa, otros para respirar hondamente, otros como vehículo de enfermedades contagiosas, otros para elegir la dirección hacia donde orinar… hacer presente el viento en la conciencia.

Una vez que sabemos que hay viento, entonces, podemos hacer algo.

Gracias Miguel por tu claridad y Antonio por tu pregunta.

Gerardo Rodríguez Fuentes

¿Cuándo me amarás? Cuando me ame

En algún momento de nuestra travesía educativa por la que transitamos, fuimos quitando el valor de lo que somos y lo fuimos colocando en lo que tenemos y en lo que somos capaces de hacer. Este deslizamiento de la valía interna hizo que comenzáramos a poner nuestra vitalidad al servicio de conseguir las metas validadoras, pagando el precio de des-oir los llamados internos de nuestra propia experiencia. El nefasto resultado no es otro que el abandono: “para conseguir ser valioso tengo que darme poco valor”. Así pretendo vivir la vida “desde fuera” siguiendo los patrones aprendidos, persiguiendo las metas que definan mi valía o peleándome y culpándome por no conseguirlas, sin darme cuenta que, en realidad, la satisfacción sólo me la proporciona vivir la vida “desde dentro”, en sintonía con mi interés.

Entonces, ¿por qué seguimos en esta cadena ciega? Recuperar lo propio solo es posible “desmontando”la identidad construida en suelo foráneo, y ello sólo es posible dando espacio y expresión –sin interferir pretendiendo una dirección “más éxitosa”- a toda una cascada de sentimientos “negativos” que manifiestan nuestra inmadurez rechazada: vergüenza, culpa, apatía, sufrimiento, miedo, deseo compulsivo, ira, orgullo…

Expresado de otra forma, necesitamos volver a nuestra propia vida para acompañarnos allí donde nos abandonamos en nuestra inmadurez y así, darnos la oportunidad de ir madurando lo que de forma genuina nos corresponde.

Confianza

Reflexioné sobre la confianza. La confianza y la desconfianza, ¿son realmente sentimientos? ¿O son nombres que les damos a otra cosa? La confianza y la desconfianza son más bien resultados. No existe un sentimiento de confianza o de desconfianza sin más, sino sensaciones de deseo de contacto o de retirada después de valorar determinados signos en el otro, signos que reconocemos porque ya los vivimos antes. Los niños suelen ser confiados, porque viven su deseo de contacto presente y no reconocen signos que les lleve a la retirada, por lo poco que aún han vivido. Así, un niño tímido tal vez ya vivió demasiado. ¿Cómo se acaba por desconfiar? Cuando se percibe la señal, ya experimentada en otra ocasión, de que del otro vendrá daño. ¿Y qué se hace entonces? Nos retiramos identificando al otro como un otro anterior, y no vivimos al actual. Nos lo perdemos. Además, nos vivimos a nosotros mismos como aquél que fuimos y recibió el daño. También nos perdemos a nosotros mismos. ¿Cómo se acaba por confiar? Casi siempre buscando en el otro los signos también de una relación anterior, de la que recibimos bienestar. ¿Y entonces? También nos perdemos al otro actual, con su originalidad, sus matices, su presencia insustituible. Lo vemos como deseamos verlo, porque añoramos algo que perdimos o que evitamos perder. Por ejemplo, cuando idealizamos una relación pasada porque nos parece que fue segura, mutilando el recuerdo si es necesario. También aquí nos vivimos a nosotros mismos como aquél que fuimos que recibió bienestar, esto es, en una posición dependiente.

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ASESORAMIENTO AL CLAUSTRO DE PROFESORES DE UN CEIP

Durante el curso de asesoramiento “Por una mejor convivencia” que estuve realizando de febrero a mayo de 2008 a un claustro de profesores de un CEIP (Colegio público de Infantil y Primaria) de la provincia de Sevilla, se presentó el siguiente caso:

Los padres de un alumno de 2º de Primaria habían decidido que no repitiera este curso y pasara al curso siguiente, aunque el equipo educativo consideraba que era mejor para el alumno repetir. Previamente a la decisión se habían generado momentos de discusión y mucha tensión entre padres, profesores y la dirección del centro. Todo el proceso y la decisión final hizo sentir a los profesores cuestionados en su autoridad docente con el consiguiente malestar y desgaste ante la situación. De entrada, observamos que hay mucho malestar por ambas partes.

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Sacándole partido a la crisis

Cuando hablamos de crisis económica centramos nuestra atención en instituciones financieras, en complejos mecanismos de control o en oscuros movimientos bursátiles. Detrás de esto suponemos a personas ambiciosas y egoístas que manejan los entresijos de la economía sin escrúpulos ni compasión por sus víctimas. En escenarios más cercanos nos preocupamos por nuestros empleos, nuestros ingresos, nuestra capacidad adquisitiva y nuestras posibilidades de mantener lo que poseemos. Y todo ello con sensaciones de pérdida de control, como si fuésemos pequeños veleros tratando de sostenernos en mitad de una tormenta engendrada por poderes superiores, ante los que poco más podemos hacer que quejarnos rabiosa y amargamente.
Si aún nos acercamos más, descubrimos sensaciones de desconfianza, de vulnerabilidad, de desconcierto y de incertidumbre. Una crisis tan global y manifiesta pone en duda la solidez de la comunidad a la que pertenecemos.

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