Sacándole partido a la crisis

Cuando hablamos de crisis económica centramos nuestra atención en instituciones financieras, en complejos mecanismos de control o en oscuros movimientos bursátiles. Detrás de esto suponemos a personas ambiciosas y egoístas que manejan los entresijos de la economía sin escrúpulos ni compasión por sus víctimas. En escenarios más cercanos nos preocupamos por nuestros empleos, nuestros ingresos, nuestra capacidad adquisitiva y nuestras posibilidades de mantener lo que poseemos. Y todo ello con sensaciones de pérdida de control, como si fuésemos pequeños veleros tratando de sostenernos en mitad de una tormenta engendrada por poderes superiores, ante los que poco más podemos hacer que quejarnos rabiosa y amargamente.
Si aún nos acercamos más, descubrimos sensaciones de desconfianza, de vulnerabilidad, de desconcierto y de incertidumbre. Una crisis tan global y manifiesta pone en duda la solidez de la comunidad a la que pertenecemos.

Como en cualquier crisis profunda, los cimientos de nuestra vida son cuestionados y nos atemorizamos ante la desaparición de que creíamos seguro. Los caminos que recorríamos se desdibujan y nos encontramos ante un campo yermo, sin señalizaciones, sin metas, sin pistas sobre adónde dirigirse. Con frecuencia el pánico de la incertidumbre nos lleva a colocarnos nuevamente en el principio del camino anterior, volviendo a recorrer los mimos parajes y paisajes, los mismos tramos y experiencias, para volver, inevitablemente, pues es el mismo camino, al mismo final, a la misma desaparición del camino, a la misma crisis. También en la crisis económica actual percibimos este movimiento: el esfuerzo por restaurar el sistema anterior antes que precipitarse en los peligros de lo desconocido. La aplicación de ciertas “correcciones” pretende tranquilizarnos y convencernos de que, efectivamente, el camino anterior era bueno, que con algunas mejoras no habrá que temer un nuevo colapso.
Así, en resumidas cuentas, la crisis se manifiesta individual y colectivamente en dos dramáticas posibilidades: volver al camino “conocido y seguro”, ante el que, sin embargo, sentimos desconfianza, o avanzar por espacios nuevos, desconocidos y en los que tememos perdernos definitivamente sufriendo daños mayores. Si el miedo a lo nuevo nos paraliza, o si los primeros pasos por lo nuevo nos parecen inseguros, nos invadirá la nostalgia por lo anterior, por lo que teníamos, minimizaremos sus defectos, incluso idealizaremos los viejos paisajes, y nuestros esfuerzos se dirigirán a la recuperación. ¿Qué hacemos entonces? Maquillar nuestras insatisfacciones, olvidar nuestra desconfianza, convencernos mutuamente de que lo anterior no estaba tan mal. Tal vez (desgraciadamente ocurre con frecuencia) incluso buscar un cabeza de turco al que culpemos de las inquietudes que sentimos y a l que sacrifiquemos en nombre del bien público. Hallar a los culpables y eliminarlos es una de esas “correcciones” tan queridas por los restauradores. Otra opción es aquella de poner etiquetas nuevas a los frascos viejos. Entonces creemos que lo viejo es realmente nuevo, que no es lo mismo, porque le ponemos otro nombre, o lo presentamos con una sonrisa (forzando a la contra el gesto de tristeza), o a través de personas que parecen distintas, diferentes, que hasta parecen hablar de manera diferente y sobre cuestiones diferentes. Es decir, parecen salvadores.
¿Dónde queda entonces la posibilidad de lo nuevo? ¿Cómo es posible entonces asumir el riesgo de lo novedoso? Dice Sören Kierkegaard que quien no se  arriesga se pierde a sí mismo, porque traiciona un impulso auténtico. Quien se arriesga, dice, tiene al menos la posibilidad de crecer aunque la vida le castigue por su atrevimiento.
¿Cómo llegamos entonces a atrevernos y a arriesgarnos? En la desesperación. Esto es, en la falta de esperanza, cuando ya no se espera nada, harto de lo viejo, de engañosas ilusiones, y conectando con la descarnada honestidad con un vacío interior que quiere ser llenado pero que no se engaña con cualquier contenido, arriesgándose incluso a que no sea llenado nunca, o nunca plenamente, arriesgándose incluso a descubrir que es un vacío que no puede ser llenado.
¿Es la desesperación un precipitarse al abismo sin remedio? A veces lo es. Y cuando lo es persigue la destrucción, mi destrucción y la de otros: “Si mi vacío no puede ser llenado, no habrá vacío, no habrá yo, no habrá nadie”. Así surgen movimientos desesperados y violentos, el fanatismo, el extremismo, el “¡viva la muerte!”. Porque esta desesperación es buscar la muerte. Es la desesperación de la muerte.
¿Hay una desesperación de la vida? Sí, aunque no menos terrible. Porque la vida es antes terrible que amable, antes salvaje que civilizada (quizás la civilización no es otra cosa que un intento ficticio de domesticar la vida). En la desesperación la vida aparece con toda su crudeza. Y la vida quiere intensidad. La vida, en su esencia, es exuberancia, es un deseo de lo especial y extraordinario, hasta tal punto que el rechazo de la vida lleva a la adicción, a aferrarse al comportamiento o sustancia que, por su intensidad, recuerda a la vida.
Hay, por tanto, una desesperación que busca la vida, que busca la intensidad, que busca lo extraordinario, y que cuando lo encuentra quiere, como siempre quiere la vida, más, más de eso, más de esa intensidad. En la crisis, y en el cambio que busca la resolución de la crisis, es esta desesperación la que posibilita la apuesta, el riesgo, la que hace que merezca la pena probar lo nuevo aspirando a conseguir la vida intensa, extraordinaria. Y aun en el fracaso nos aliviamos diciendo: “yo estuve allí, en la intensidad”. Y ya por eso, sólo por eso, mereció la pena.
Es una desesperación con sentido, pues sin sentido la desesperación es muerte. Aunque con sentido se arriesgue la vida. Eso sí, se arriesga la vida viviendo intensamente. ¿Cuál es ese sentido? ¿De dónde surge? Surge de la honra a los que nos trasmiten la vida, a nuestros ancestros, a su capacidad de sobrevivir. Honramos su deseo de que la vida sea intensa. Deseo mayor si ellos no pudieron o supieron vivirla así. Entonces sus aspiraciones insatisfechas se convierten en nuestro destino, quien no apuesta en su vida (quien no se arriesga) para conseguir intensidad, disfrute, “sentirse vivo”, está deshonrando lo que costó que la vida se abriera paso a través de milenios hasta llegar a hoy. Los caminos experimentados por nuestro sistema familiar nos dan las pistas necesarias para afrontar la crisis y el grito de cambio que es una crisis (su mejor definición). Allí donde nuestros ancestros experimentaron posibilidades que les fortalecieron o debilitaron, allí donde se enorgullecieron o se arrepintieron, allí donde navegaron o naufragaron, allí está el mapa para orientarse en la desesperación. En la desesperación que busca la vida.